Imagen en la que se puede ver en primer plano la mano de un adulto cogiendo la de un niño, sobre un fondo de células neuronales

Recuerda con rabia el padre de Alejandro, un bebé de dos meses con trauma neonatal. «Al cuarto día lo bautizamos en la incubadora porque la perspectiva era ninguna perspectiva. Al séptimo día resucitó, pero nos dijeron que se movía por espasmos y que en menos de un mes sería un vegetal.» En el limbo del sufrimiento, alguien les habló de Foltra, llamaron y dos días más tarde su hijo entraba en el programa del doctor Devesa con resultados espectaculares: Alejandro oye, Alejandro ve, Alejandro se mueve, Alejandro sonríe. ¿Un milagro? «No, ciencia, sencillamente», responde el médico, que no es un iluminado, sino un endocrino con 40 años de experiencia, catedrático de Fisiología de la Universidad de Santiago y jefe del laboratorio de Bioquímica del Hospital Universitario de la misma ciudad.

A las diez de la mañana comienzan a llegar los pacientes a Foltra, que no es un hospital, ni una clínica ni siquiera una consulta, sino una asociación sin ánimo de lucro con sede en un chalé de tres plantas donde se aprovecha cada habitación para hacer fisioterapia, logopedia, rehabilitación y estimulación. La casa perteneció a un jugador del Compostela y todavía conserva unos espantosos muebles de mármol. [«No teníamos otros y eran tan pesados que allí se quedaron».] En la sala de espera, el distribuidor de un pasillo, hay varios pósteres sobre la hormona de crecimiento pegados en la pared, y los nuevos pacientes [los aspirantes] que llegan de toda España esperan sentados en un polvoriento sofá.

Hay algo que no encaja en Foltra: el hecho de que una aparente revolución científica se esté llevando a cabo con medios tan precarios y sin apoyo de multinacionales farmacéuticas ni instituciones públicas. Alguien podría creer que Foltra es un timo o que vende humo, pero es un secreto a voces que el príncipe Kardam de Bulgaria –hijo del depuesto rey Simeón– acudió a Foltra para recibir tratamiento tras el accidente de coche que sufrió el año pasado. Su esposa, Miriam de Hungría, admitió en la revista ¡Hola! que se habían trasladado a Cacheiras para seguir el tratamiento en Foltra y que estaban muy satisfechos con la evolución. Devesa y su equipo ni confirman ni desmienten, pero una sonrisa condescendiente surge cada vez que se habla del «búlgaro».
La noticia ha tenido un efecto llamada tanto en España como en Bulgaria y hoy, entre los 70 pacientes de Foltra, hay cuatro búlgaros. Tres de ellos pagan, pero el cuarto, un joven parapléjico, es atendido gratuitamente porque no tiene nada. «No tenemos una tarifa fija y el que puede colaborar con mucho recibe el mismo trato que los demás. La enfermedad no discrimina; nosotros, tampoco», dice el doctor.

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